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El rompehielos Almirante Irízar llegó a Buenos Aires luego de la Campaña Antártica

Con total parsimonia y exactitud, el rompehielos Almirante Irízar volvió a azomar su popa naranja destellante en Buenos Aires. Ayer, a las 14.15, al son de su bocina ingresó en uno de los canales de Puerto Madero.

El rompehielos Almirante Irízar llegó a Buenos Aires luego de la Campaña Antártica

Con carteles, lágrimas, sonrisas y aplausos, familiares y amigos recibieron a los oficiales de la tripulación. Los aguardaban desde hace meses. "Nico, te esperamos 435 días, orgullosos por tu esfuerzo. Bienvenido", decía el cartel de colores que la mamá y hermanas de Nicolás Rodríguez desplegaron para recibir al marino, meteorólogo oriundo de Morón, quien zarpó en febrero del año pasado al "continente blanco".

El rompehielos llegó hoy al puerto de la capital argentina luego de finalizar la Campaña de Verano, iniciada el 20 de diciembre del pasado. Sus 300 tripulantes cumplieron la misión: reabastecer a las 13 bases permanentes y temporales argentinas en la Antártida, traer de regreso los residuos generados en el continente blanco y buscar a los oficiales que partieron hace 14 meses para reunirlos con sus seres queridos.

No todos los que recibieron al buque eran familiares y amigos. Víctor Massuh, personal civil de la Dirección Nacional de la Antártida y apasionado de la náutica, debía haber abordado el Irízar en diciembre. Ya tenía su equipaje en el camarote de babor que le habían asignado, pero tuvo que ser reemplazado por recomendaciones medicas. Ahora se encuentra en la dársena para recibir a sus colegas y realizar las operaciones de logística. "Sueño con navegar pronto por primera vez en el Irízar", le dijo a LA NACION el tripulante que navegó por el Oceáno Atlántico en otras naves de la fuerza naval.

Todos los oficiales abocados a las maniobras de amarre sabían con exactitud como dominar al gigante de 120 metros de eslora y 9 de calado en medio de las ráfagas de viento. El navío se mantuvo inmóvil, mientras los cabos atados en las cornamusas se zamarreaban, a red de contención desplegada bajo la escalera de desembarco se sacudía y las gorras de los uniformes volaban por los aires.

Pasadas las 15.30 los primeros ocupantes del Irízar comenzaron a descender. Con ansias de abrazar a sus familias, pero con nostalgia de abandonar el que fue su hogar en el último tiempo, cada uno de los capitanes, comandantes y militares aguardó su turno para desembarcar. Livianos de equipaje, pero lleno de anécdotas y emoción, se fundieron en abrazos reconfortantes.


Pero los reencuentros continuaron también a bordo del rompehielos. La tripulación aprovechó a pasear por cubierta y los camarotes con sus familiares. Otros oficiales, que aún continuaban de servicio, también actuaron como anfitriones y compartieron felices una recorrida por el barco, que volvió a estar en servicio en 2017 luego del encendió que lo dañó en 2007.

"Está como nuevo, puede navegar otros 30 años más", señaló Carlos María Allievi, Comandante del Componente del Comando Conjunto Antártico, a LA NACION. Detalló que "el buque se vació por completo internamente, se cambiaron todos los motores y todas las máquinas y se le incorporaron sistemas con equipo de tecnología de punta". Luego de haber navegado por segunda vez arriba del "rompehielos más grande del hemisferio sur", el experto en navegación quedó muy satisfecho con las bondades de la nave capaz de enfrentar los fenómenos de la naturaleza y sobre todo, la camadería y el gran equipo en trabajo de toda las tripulación.

La Argentina cierra así una nueva campaña antártica. Con ella, el país cumple 115 años de presencia ininterrumpida en el continente blanco. Esta fue la segunda campaña que el Irízar realiza luego de ser íntegramente refaccionado y modernizado, tras el incendio que sufrió en 2007, que lo dejó inactivo durante 10 años.

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